Bienvenido de nuevo, amable lector, a mi humilde celda. Puedo sentir que estás deseando que prosiga con la historia de este aguerrido grupo de aventureros, conocido como Los Hijos del Trueno. Bendito nombre que, a mis oídos, hace latir de gozo este corazón que eleva sus alabanzas a Thor, grande entre los grandes del Panteón del mondo.
Como podrás recordar, amable lector, nuestros protagonistas, entre los que tuve el privilegio de encontrarme, estaban atrapados en una amplia sala en las profundidades de la caverna, intentando abrir una puerta que se negaba a moverse lo más mínimo, mientras, por el túnel, algo se arrastraba hasta nosotros. Como buenos profesionales nos aprestamos a plantar cara a la misteriosa amenaza. Mi posición estaba junto a los de mis compañeros: Alvin y Marvin, los aguerridos gnomos titanes; Juanito, con un valor cuya grandeza es directamente proporcional a su sordera; Arin, nuevo compañero de aventuras, semielfo él; Iliana, perteneciente a la nación Alto Elfo… Mi cuerpo rejuvenece al recordar a esa criatura, bendito Thor. Pues bien, tras situarnos lo mejor posible para hacer frente a la amenaza en una posición ventajosa, una sombra, más negra que la propia oscuridad, iba tomando forma en el túnel que llegaba hasta nosotros.
Nuestros ojos, tras recuperarse por el deslumbramiento provocado por la antorcha de Juanito, se pusieron como platos al ver aparecer un monstruo viscoso, parecido a una babosa, con tentáculos por extremidades excepto un brazo, que vagamente recordaba a uno humano, que sujetaba un arma. Los primos Muerdescudos, situados en primera línea de batalla empezaron a propinar poderosos mandobles a la criatura. Esta debía estar imbuida por los poderes de algún maligno dios puesto que los poderosos golpes no hacían mella en la criatura. Iliana pudo acertar en la criatura con una de sus flechas, a pesar de estar deslumbrada por la antorcha. Los golpes estaban haciendo mella en el ánimo de nuestro adversario. Parecía que la victoria sería fácil pero, ay, qué amargo puede ser su sabor.
La criatura, alcanzó con uno de sus tentáculos al pobre Marvin antes de perecer bajo los golpes de su primo. Con dificultad pudimos liberarlo del abrazo del tentáculo. Parecía que no había sido nada del otro mundo pero nada más lejos de la realidad. La criatura, al alcanzar a Marvin, le había inoculado un potente veneno que provocaba en sus víctimas una parálisis tal que las llevaba a la muerte al colapsar el sistema respiratorio. A pesar de todos mis esfuerzos para salvar a mi aguerrido compañero contemplé, impotente, cómo moría de asfixia. Mi corazón se entristece al recordarlo, a pesar de que los primos juntos fuesen más dolorosos que un dolor de muelas. Alvin se derrumbó presa de la pena al contemplar a su primo muerto. A pesar de la pena que atenazaba nuestros corazones por la perdida de tan valeroso guerrero y compañero, nos pusimos en marcha para salir de esa maldita caverna. Tras intentar, por enésima vez, abrir la puerta, nos dirigimos al túnel lateral que corría, según mis cálculos, paralelo al que nos encontrábamos, con la intención de encontrar una salida. Grande fue mi decepción al comprobar que el suelo del túnel se interrumpía para dejar paso a un abismo en cuyo fondo se podía escuchar el rumor del agua corriendo. Tras intentar, sin éxito, que Juanito pasara al otro lado atado a una cuerda, me di cuenta de que la única forma de salir estaba en la sala en la que habíamos acabado con el monstruo.
Una vez allí, observé la situación y pedí iluminación y clarividencia a Thor para que me guiara a la resolución de aquel enigma y conseguir salir de allí. Mis ojos se posaron en la pila de cadáveres en avanzado estado de descomposición que se encontraban en el extremo de la sala. Me di cuenta de que no habíamos examinado aquella parte debido a lo maloliente de los cuerpos. Haciendo de tripas corazón me acerqué a los cadáveres y empecé a apartarlos para averiguar qué escondían debajo. Mi sorpresa fue mayúscula al comprobar que, bajo los cuerpos, había un agujero del que emanaba un hediondo olor a heces y putrefacción. No tardé demasiado en darme cuenta de que aquél agujero era una letrina y que esta podría ser, muy a nuestro pesar, la única vía de escape. Alvin se adentró en el agujero con la intención de examinarlo seguido por un servidor sujetando con mi mano la cuerda que serviría de aviso para los compañeros que se quedaban detrás. El olor taladraba nuestras fosas nasales. Con la mano iba siguiendo el techo con la esperanza de encontrar un agujero por el que poder escapar. Al cabo de unos metros pudimos escuchar, claramente, un sonido que recordaba, de forma vaga, el habla de algún ser humanoide. La mano con la que seguía el contorno del techo dejó, en un momento dado, de tocar piedra. Un agujero subía verticalmente y, el hecho de saberlo, llenó de esperanza mi corazón.
Alvin ya había dejado atrás el agujero sin darse cuenta de su existencia. Con un susurro llamé su atención indicándole con la mano la situación de nuestra posible vía de escape. Cautelosamente asomé mi cabeza por la abertura y pude ver, en el otro extremo, un punto de luz. Mi visión fue fugaz puesto que la luz fue tapada por algo y la voz se hizo más audible. Era como si tuviera una urgencia. Thor me avisó de que algo iba a ocurrir y, por temor a ser descubierto, me retiré del agujero. Acción que realicé justo a tiempo de evitar la caída de una ingente cantidad de heces. Lo que hubiera allí arriba estaba defecando y hacía honor a aquel dicho que solíamos decir en el monasterio: “según come el mulo, así caga el culo”. ¡Qué pedazo de mojón que echó, Thor bendito!. No pude evitar que me salpicara puesto que eso no era ni medio normal. Cuando pareció que había terminado esperé a que la voz se alejara. Mi espera fue inútil puesto que, por el agujero, comenzó a caer agua con la intención de llevarse la inmundicia. Yo estaba a salvo pero Alvin, que se encontraba al otro lado del agujero y en pleno curso de la pendiente, se llevó toda la riada de aguas fecales. Eso sí, lo soportó de una forma estoica digna de alabar. Al cabo de un momento el agua dejó de caer y la voz se alejó. Alvin se aupó por el agujero y, con su descomunal fuerza, dobló los barrotes del enrejado que impedía seguir avanzando. La abertura tan sólo podría dejar paso a aquellos que fuesen de menor estatura por lo que se hacía necesario abrir la reja de otra forma. Sencillo: Alvin destrozó el candado que bloqueaba el enrejado.
Tras tirar de la cuerda dos veces, señal acordada que indicaba que se podía entrar sin problemas por el agujero, Iliana se aupó por el agujero seguido de Juanito que iría de avanzadilla con la intención de inspeccionar el terreno. Esta acción, que en un primer momento parecía una brillante idea, nos llevó al desastre, como podrás comprobar en breve. Juanito, aupado sobre Iliana, se disponía a trepar por el agujero cuando, para nuestra sorpresa, la abertura se volvió a tapar. En este caso ya sabíamos, demasiado bien, qué era lo que tapaba el agujero: un enorme trasero cuyo dueño se disponía a soltar su insana carga. La necesidad de no ser detectados, la situación en si y la sordera que aquejaba a Juanito precipitaron los acontecimientos. Juanito sacó su arma y con una potente cuchillada atacó el trasero que impedía que consiguiéramos la libertad. El dueño del trasero profirió un grito de dolor y dejó vía libre para que Juanito se aupara por la abertura. Al asomar la cabeza comprobó que el dueño del trasero no era otro que un enorme ogro que estaba contemplando atónito y con los pantalones bajados a la criatura que le había picado en su culo. Juanito salió del agujero justo a tiempo para enfrentarse al monstruo. Alvin, trepando por Iliana y, para qué mentir, aprovechando para tocar algo de “carne” llegó a la abertura justo a tiempo de ver cómo el ogro le propinaba un tremendo manotazo a Juanito dejándole al borde de la muerte (según nos relató Juanito más tarde el manotazo le recordó a las yoyas que propinaba un luchador profesional que respondía al nombre de Bud SpencEarl). Alvin, entonando un “¡primo, esta va por ti!” se enfrentó al ogro con todo el poder de su espada y su poderoso brazo. La lucha fue rápida y mortal. Alvin acabó con su adversario pero la alegría fue efímera puesto que, por la puerta, aparecieron dos ogros más armados con espada uno y el otro con un mangual de proporciones monstruosas. La batalla comenzó, Alvin e Iliana se enfrentaron al ogro armado con la espada. Un servidor tuvo que enfrentarse con el otro monstruo armado con el mangual no sin antes imponer las manos e implorar los dones de mi dios para poder curar a Juanito.
Las rápidas estocadas de los aventureros se intercalaban con los poderosos golpes de los ogros. Los ogros eran duros de roer puesto que, nuestros golpes, parecían no hacerles mella. Mi adversario, tras fallar la primera tentativa, me asestó un tremendo golpe que me dejó aturdido durante un momento. En ese momento apareció Arin, que se abalanzó sobre mi adversario salvándome, así, de una muerte segura e ignominiosa. Iliana y Alvin se estaban encargando del otro adversario cuando, por la misma puerta, apareció otro ogro de mayores proporciones que sus compañeros y armado de una descomunal hacha de doble filo. Todo hacía pensar que era el jefe y que, con la aparición de este nuevo y formidable adversario, la balanza se decantaría a favor de nuestros enemigos.
Alvin, con un poderoso golpe acabó con su enemigo y tras proferir un grito de triunfo se dirigió al nuevo adversario acompañado de Iliana. Mientras tanto, Arin y yo manteníamos a raya al nuestro enemigo. Thor guió mi mano y Pili, uno de mis martillos de guerra, impactó poderosamente en la cabeza del ogro mandándole al averno del que había salido. Con horror contemplé cómo el hacha del ogro que quedaba bajaba como el rayo e impactaba sobre el pobre Alvin, partiéndole casi en dos y matándole en el acto. Con una mueca de espanto, rabia y desesperación me abalancé sobre mi enemigo y tras un rápido intercambio de golpes logré acabar con él.
Habíamos conseguido salir de los túneles pero el precio que tuvimos que pagar había sido demasiado alto. Dos buenos compañeros, aguerridos guerreros y familiares entre sí habían dejado este mondo para unirse a su dios, Pangrus, y morar en la sala de los héroes.
La congoja que me provoca recordar la pérdida de estos compañeros me impide seguir con el relato, amable lector. Espero que me sepas disculpar y te emplazo a la siguiente entrega de nuestras aventuras. Me voy a la cantina del monasterio a tomar un reconstituyente y aliviar así el peso que hay en mi corazón.