Querido lector, mi nombre es Zebulón y pertenezco a la familia Stoneeye. Las proezas de mi familia, que no han sido pocas, me inspiraron a vestir los hábitos de clérigo guerrero, pero no es momento de hablar de mi en particular ni de mi familia. Me dispongo, querido lector, a relatar las aventuras de un grupo de aguerridos aventureros que, como una familia aventurera, se hacen llamar Los Hijos del Trueno. Este nombre, aun a riesgo de ser motivo de chanza, será, a buen seguro, reconocido a lo largo y ancho del mondo y su sola mención propagará el miedo entre las tribus de humanoides, criaturejas y bichos en general. Amén de provocar un deseo insaciable por parte de todas las féminas que querrán yacer con cualquier de sus integrantes y saborear las mieles del amor entre las sábanas.
Como decía, seré el narrador de sus aventuras pero, antes, se hace necesario realizar la presentación de sus integrantes:
- Juanito Golosina: Mediano aquejado de diversas dolencias, siendo la más grave la sordera que, para su profesión, no es demasiado recomendable padecer.
- Marvin y Alvin: Primos entre si, de la raza gnomo titán, aguerridos guerreros y que, por ahora, no han podido demostrar el brío y mala uva que estos seres demuestran en combate.
- Zebulón Stoneeye: Vuestro humilde servidor. Clérigo y guerrero que adora al grandioso Thor y que, como misión, tras ser ordenado en mi congregación, tiene que llevar la verdad sobre mi dios a todos los rincones del mondo y, de paso, dar algún que otro mamporro a los seres de la oscuridad.
Estos son, por ahora, los integrantes de la compañía Los Hijos del Trueno. Como podreis suponer, este nombre no me desagrada en absoluto pues, el trueno es el símbolo de mi dios. Creo que es una señal que augura un futuro de riquezas, fama y gloria para nosotros.
Nuestro encuentro tuvo lugar en Fangaeria, cuya capital lleva el mismo nombre. Creo que Thor, grande y poderoso donde los haya, dispuso todo para que el encuentro de una serie tan dispar de seres se fuera posible y, a la larga, se entendieran en los temas económicos, aventureros e institucionales. Tras las presentaciones de rigor, y dado que nuestros intereses iban en el mismo sentido: aventuras, fama, gloria, mujeres, vino, cerveza…; decidimos constituirnos como compañía aventurera y salir en busca de aventuras. Tras mucho pensar nos decantamos por un nombre simple, pero resultón, para nuestra compañía. Tras esto nos dirigimos hacia el peor de los enemigos que se pueda un aventurero encontrar: el funcionario del registro de compañías aventureras. Es el ser más mezquino, maligno e indeseable que se pueda uno echar a la cara. Seguro, amable lector, que sabrás de qué os estoy hablando puesto que, a buen seguro, tú también habrás tenido que soportar los tejemanejes de estos insidiosos seres. Peores que los goblins, a fe mía. Mi mente, tocada por Thor, me hizo entrever que estos seres son manejados por un ente superior, llamémosle Señor E, y tienen órdenes de hacer pasar las de Caín (en los anales del mondo, Caín las pasó canutas por un pequeño encontronazo de pareceres con su hermano) a los pobres aventureros que quieren poner su granito de arena en los libros de historia del mondo, a base de sacarles hasta la última pieza de oro que en sus bolsas tengan.
Esto lo se de buena tinta porque lo esperimenté en carne propia. Mis compañeros, sin demasiados posibles económicos, tuvieron que convertirse en deudores de un servidor, que sí que tenía suficiente dinero para sufragar los gastos. Tras soltar la mosca y aguantar la sonrisilla malevolente del funcionario de marras, recoger los libros de compañía y cuentas y decidir quién era el Amado Líder de los Hijos del Trueno (honor que recayó en este humilde servidor de Thor) nos dirigimos hacia la posada más cercana con la intención de recavar información sobre posibles aventuras donde conseguir, lo primero, algo de dinero con el que poder subsistir. Tras deambular cierto tiempo, nos enteramos de que, en Farzey, estaban pasando dificultades a causa de las repetidas incursiones de humanoides que arrasaban todo a su paso. Sin pensarlo dos veces nos encaminamos hacia esa ciudad donde recavamos la pertinente información y nos alegró saber que, por cada par de orejas, se recibiría una recompensa. Esto estaba sujeto a una condición: se pagan los martes y los jueves.
Todo esto, tras comprobar que el nivel intelectual del funcionario destacado en el cuerpo de Guardia de la ciudad dejaba demasiado que desear. Tras esto nos encaminamos hacia nuestro destino siguiendo la carretera por la que circulaban multitud de caravanas y viajeros. Al caer la tarde, procedimos a acampar y dar descanso a nuestros pobres músculos. Sólo un aventurero puede saber la satisfacción que encierra el charlar con tus iguales aventureros, comentando las aventuras pasadas, nuestro pasado y nuestros planes de futuro (entre los que el plan primordial es sobrevivir, claro). En un momento dado, Marvin se levantó para atender a las necesidades fisiológicas que todo aventurero se ve, tarde o temprano, obligado a satisfacer. Mientras echaba un cañote un destello llamó su atención. Era un anillo que estaba a su izquierda. Lo recogió con cuidado y, nada más levantar la vista, observó que, tras unos matorrales, se encontraba la entrada a lo que parecía una cueva. Rápidamente, y como pone en el Manual del Buen Aventurero, fue a avisar al resto del grupo, entre cuyos miembros tengo el honor de encontrarme.
Tras pertrecharnos debidamente para la exploración preliminar de la cueva nos encaminamos a la entrada desde donde se podía oler, perfectamente, los orines que alguna criatura había dejado a modo de regalo. Juanito, atendiendo a los gajes de su profesión, se dispuso a realizar la exploración pertinente pero, nada más entrar, se dio cuenta de una cosa: no estaba dotado con el don de la infravisión, como el resto de sus acompañantes. Por tanto se hacía necesario disponer de una antorcha. Alvin y Marvin se dieron cuenta de que no disponían de ninguna y se pusieron a echarse las culpas el uno al otro por la falta de previsión a la hora de realizar la lista de la compra. Thor, grande entre los grandes y sabio entre los sabios, me dotó, por suerte, de un poco más de seso que mis compañeros, sin ánimo de ofender, por supuesto, y me hizo ver, al realizar la lista de la compra, que sería necesario hacerse con los servicios de unas antorchas. Porsiaca, como decíamos en el monasterio. Le presté una antorcha encendida a Juanito y se dispuso a entrar seguido, a cierta distancia, por los demás y prestos a cualquier imprevisto.
Transcurridos unas cuantas decenas de metros y tras comprobar que la cueva era, más bien, un túnel que se adentraba en la tierra, llegamos a una trifurcación (el pasadizo se dividía en tres por lo que, si un pasillo que se divide en dos es una bifurcación, un pasillo que se divide en tres es una “trifurcación”). Juanito decidió seguir por el de más a su izquierda. De mi mochila saqué una tiza con la que marcar la ruta en las paredes pero, en ese momento, Malvin se me puso a decir que debería ser así y asao la forma de marcar las paredes y, en un momento, perdimos de vista a Juanito. Salimos corriendo por el pasadizo que había tomado Juanito sin llegar a ver, en ningún momento, la luz de la antorcha cuando llegamos a una bifurcación del camino. Decidimos explorar cada pasadizo dejando a Marvin en el medio para que sirviera de referencia. Yo iría por el de la derecha y Alvin por el de la izquierda. Hasta este punto el plan era fantástico. Tan sólo falló cuando recibí un aviso de alerta de Marvin. Cuando llegué a su altura me comentó, con patente preocupación en sus ojos (estaba oscuro y no se veía pero, por el tono de voz, se que la preocupación era patente y se reflejaba en sus ojos) que había oído un grito procedente del pasadizo que había tomado su primo Alvin. ¡Maldición!. Habíamos perdido a dos integrantes de nuestra compañía y era necesario encontrar a los dos pero, ¿en qué orden?.
Me disculparás, amable lector, que deje aquí el relato de las aventuras de los Hijos del Trueno. Me han avisado los compañeros para ir a tomar un café y debatir sobre lo humano y lo divino, es decir, sobre mujeres y fútbol.


